Yacimiento guanche destruido en San Miguel de Abona
El Colectivo Imastanen realiza una labor de defensa activa del patrimonio guanche que combina la denuncia pública y la visibilización del desastroso estado y pésima gestión pública que presenta el patrimonio arqueológico en las islas y más concretamente en Tenerife, en donde la pérdida de valores se sucede día tras día. Pero parte de nuestra actividad está dirigida a la divulgación saludable desde un enfoque pedagógico y a través de los principios de la arqueología social. Durante una de nuestras últimas charlas, dentro del marco de un taller con jóvenes y niños para acercarlos al mundo cultural indígena, pudimos advertir como una zona que contenía bienes arqueológicos, había sido destruída a causa de la construcción de un edificio público. Un instituto se erigía sobre lo que antaño fuera un espacio sagrado.
El yacimiento en cuestión se trataba de una estación de cazoletas de factura indígena, con una serie de canales que las conectaban, grabados sobre un soporte de tosca. De tipología sencilla y bastante común en este tipo de espacios sacralizados que empleaban los guanches a los piés de montañas o en las alturas de los barrancos, estas zonas contenían un especial valor simbólico dentro de su cosmovisión, como es el caso del yacimiento ahora desaparecido. La estación de cazoletas, no catalogadas, se encontraba a los piés de un conocido cono volcánico, que en sí mismo contiene más bienes arqueológicos y que según la tradición oral, constituía un punto de observación astronómica para los antiguos. La relación entre los astros, la propia orografía con sus formas caprichosas y las creencias espirituales del mundo guanche están bien constatadas, no solo en las crónicas históricas sino también en la toponimia que bebe de la tradición oral. Además de numerosos estudios que constatan esta consagración de la tierra y sus alimentos, a los ciclos del cielo, con espacios de celebración escogidos por su privilegiada posición y particularidades asociadas a los diferentes elementos de los que dependía la subsistencia.
La toponimia de esta montaña asociada a la estación de cazoletas destruída, alude a estas prácticas de observación celestial ya entre los guanches. Lamentablemente y por razones de seguridad no mencionaremos el topónimo, que ha sido estudiado por el Dr. Ignacio Reyes García, corroborando las tesis antes mencionadas. La tradición oral de los vecinos más mayores, aún conserva pistas que nos acercan más a esa hermosa visión que tenías nuestras antes de su tierra, de la vida y de la muerte misma como ciclo cósmico que se encargaron de retratar en la roca con trazos misteriosos, para nuestro deleite y aprendizaje. Cada huella, cada material, cada memoria, palabra o piedra, constituye un rico legado imposible de ignorar, pues contiene el sentido mismo de nuestro ser histórico. Las raíces de un pueblo al que llevan siglos tratando de desafectar de su tierra y de su destino.
Cada vez que perdemos un yacimiento guanche, perdemos un pedazo de nosotros mismos, de nuestro ser y de nuestra propia memoria. Por eso insistimos en la necesidad de que se actualicen los catálogos municipales tal y como establece la ley, para que este tipo de situaciones se puedan evitar siempre y cuando se cumplan las debidas medidas y protocolos que deberían garantizar la seguridad de los bienes patrimoniales. Aquello que no está catalogado es como si no existiera y por eso siguen realizándose intervenciones urbanísticas que pasan por alto la destrucción de valores, que de aplicarse la ley, comportaría a los responsables sanciones millonarias. Licencias que omiten bienes arqueológicos y etnográficos y que prosperan, a costa del interés común. Los ayuntamientos y el Cabildo Insular, en primer lugar, deben ser los primeros en cumplir con la actual Ley de Patrimonio de Canarias y no favorecer con su dejadez, la depredación del territorio en curso.
Otro valor que se encuentra amenazado en San Miguel, según testimonio de los vecinos, es una emblemática cueva funeraria, que en su día fue estudiada por su alto valor arqueológico y que hoy presenta un estado lamentable. La presencia continuada de visitantes atraídos por las redes sociales y el tránsito de quads por una carretera cercana, lo han convertido en un atractivo turístico, que sin embargo no cuenta con medidas de protección y ni tan siquiera, con señalizaciones o cartelería que explique y alerte sobre la fragilidad y valor del lugar, así como de las debidas normas a seguir en el espacio. Un lugar tan valioso, con un significado tan evocativo de la memoria ancestral de una cultura que encontraba en la momificación y preservación del cuerpo tras la muerte, una forma de transcendencia y veneración espiritual. Una cultura que no está muerta y aunque sí malherida. Nuestro deber es continuar velando por su conservación y exigir a los responsables que cobran salarios públicos por ello, que cumplan con su deber y que frenen el desastre antes de que acabe por desaparecernos.
Colectivo Imastanen
Defendiendo el legado superviviente
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